viernes, 8 de febrero de 2013

Desde la ventanilla...


Una pregunta que me he hecho alguna que otra vez: ¿Cuál es el mejor medio de transporte para viajar? Vosotros que pensáis. Yo empiezo a buscar los pros y los contras a algunos de ellos y, casi siempre, acaba ganando el coche en mi ránking personal. Sin embargo, últimamente, utilizo el tren con bastante frecuencia y su recorrido (al menos el que yo he realizado varias veces) transcurre por lugares increíbles. Vistas impresionantes, que serían difíciles de admirar desde la ventanilla de un automóvil.

Hoy me propongo contaros un tramo de este trayecto tan frecuentado. El que transcurre desde un pequeño pueblo al suroeste de la provincia de Ciudad Real, Brazatortas, hasta la capital de la antigua Lusitania, Mérida. Para los que no os guste caminar o conducir, os traigo un auténtico viaje sin levantaros del asiento.

Arranco mi relato tras la parada del tren en Brazatortas, cuando el jefe se estación levanta su bandera roja para que la máquina siga su camino. Sí, habéis leído bien. Jefe de estación. En la mayoría de las estaciones del trayecto que os traigo aún se conserva esta figura. Un puesto de trabajo en peligro de extinción, aunque aún haya quien continúe tocando su silbato para avisar de que la vía está libre.



Entre encinas, jaras y retamas el tren se va adentrando en un paisaje de sierra. El Valle del Alcudia. La naturaleza en todo su esplendor. Lo invade todo, como si en este lugar no hubiera hueco para la vida humana. En esta época, la vista está surcada por numerosos riachuelos que llevan su agua a ninguna parte, o a todas.

Tan solo a lo lejos es posible ver una pista asfaltada con sus carriles apenas perceptibles que conduce a una pequeña localidad camuflada. Algunos de sus tejados destacan entre el verdor del entorno. Desde el tren, imposible conocer el nombre del enclave. 



El tren alcanza altura sobre el terreno, y la vista es de pájaro. Una cuidada finca de encinas y jaras ocupa ahora el lado derecho de la vía. Y aquí me detengo para dirigirme sobre todo a los que, como yo, se consideren amantes de los animales. La mejor época para atravesar este tramo es la estival. Y es que durante el verano los ciervos parecen multiplicarse en esta zona. Están por todas partes, buscando la mejor sombra para soportar las altas temperaturas. Las hembras con sus crías y los machos siempre alerta. Pero, sin embargo, durante el invierno la estampa es muy diferente. Es difícil verlos. En su lugar, altas sillas o torretas desde las que el que ahora vigila es el cazador.



Nos acercamos a una estación. Pero el ferrocarril no tiene parada en ella o, mejor dicho, en sus restos. Es lo que queda de una antigua estación, en la que nadie se para. Ni siquiera el tiempo se detiene en ella. Más bien todo lo contrario, acelera su envejecimiento.

A lo lejos se avista una curiosa formación rocosa. Como os he dicho, no es la primera vez que hago este recorrido, y desde las primeras veces me permití el lujo de ponerle nombre. La cresta del gallo, por su parecido. Esto es parte de ese tipo de cosas absurdas que se te pasan por la mente cuando viajas sola.

Roca con forma de cresta de gallo
La Cresta del gallo aventura un paisaje rocoso. Las grandes piedras parecen abrirse para dejar paso. Incluso, en algunos tramos impiden la visión a través de la ventanilla. Por esta zona, he tenido la oportunidad en alguna ocasión de ver hasta cabras montesas. A continuación, los pinos invaden el espacio, señal de que hemos alcanzado mayor altitud.

 
Estación de Almadenejos-Almadén
La siguiente parada no deja lugar a dudas. Seguimos en La Mancha. El azul añil y el blanco de la fachada de la estación de Almadenejos-Almadén es inconfundible. Ahora viajamos pararelos al río Valdeazogues para llegar a la estación de Guadalmez-Los Pedroches. El río se ensancha aprovechando la enorme llanura a su paso. Las ovejas pastan en su orilla, pero el paso de tren les interrumpe el almuerzo. 


Las cigüeñas nos avisan de que nos acercamos a su rincón favorito: Extremadura. Y de pronto todo es oscuridad. La entrada a un antiguo túnel, poco apto para claustrofóbicos, ciega la visión.

Cabeza del Buey, es la siguiente parada y la primera de tierras extremeñas. A partir de aquí el paisaje cambia radicalmente para dar paso a la llanura. Además ahora parece que vuelve la vida humana. El teléfono móvil recupera su cobertura y en las estaciones cada vez se sube más gente.

Las siguientes, las de Almorchón y Castuera. Por cierto, riquísimo el turrón de este último pueblo, el de la marca Rey, sobre todo. Todo un clásico en mi casa por Navidad. Y volviendo al viaje, justo antes de llegar a Campanario, la dehesa extremeña. En este tramo, pude ver un grupo de grullas durante mi última visita.


Campanario, Villanueva de la Serena, Don Benito, Valdetorres y Guareña son las últimas paradas antes de llegar a nuestro destino Mérida. El paso a través de un puente que salta el río Guadiana, cambia el sonido del traqueteo de la máquina. Nos acercamos a la capital extremeña, con el Guadiana ya paralelo a nosotros. Y en la parada de siempre nos espera su majestuoso acueducto de los Milagros, acostumbrado a las bienvenidas y despedidas de los viajeros que parten de su lado.

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